lunes, 11 de marzo de 2013

El comportamiento dentro de la pista

Entrando en materia este primer post va relacionado con el comportamiento de los jugadores dentro (y también fuera) de la pista de fútbol sala. Todo viene a cuento de un partido de categoría juvenil disputado el sábado 2 de febrero que se desarrolló por unos cauces poco deportivos con la complacencia de algunos y la permisividad del árbitro de turno. Jugábamos contra un equipo de una población cercana, pero con la que no existe ningún tipo de rivalidad dado que era la primera vez que nos enfrentábamos en partido oficial.
Antes habíamos disputado un partido amistoso en nuestro pueblo; pero el trato dispensado hacia nosotros allí deja mucho que desear comparándolo con el que ellos recibieron cuando jugaron aquí.
Eso es algo que yo lamento profundamente. Para mí hay dos tipos de jugadores: el que juega con vigor, que es duro y rocoso pero que va al balón y al que se le nota nobleza en sus acciones; y ese otro tipo de jugador violento, que no juega a nada y que sólo se limita a dar patadas sin ton ni son, dirigidas a las piernas del rival. De este último tipo de jugador hay varios en el equipo con el que nos enfrentamos aquel sábado.
Hacía ya tiempo que no vivía una situación tan lamentable dentro de una pista de fútbol sala. Por otra parte, no me la esperaba. Debía de haber sido un partido de guante blanco. A este equipo no le hacía falta hacer uso de esas artimañas de juego sucio para superarnos al final en el marcador. Desagradable, muy desagradable, lo que tuvimos que contemplar y soportar.
Eso sólo tiene un nombre: VIOLENCIA, con mayúsculas. Pero hay un problema, que la violencia sólo genera más violencia. A no ser que uno sea capaz de transmitir a sus jugadores que ese no es el camino. Yo, al menos en este partido, lo conseguí. 
Había visto jugar con anterioridad a este equipo como local contra otro rival y había advertido a su entrenador, con el que me une una sana amistad, de la dureza de algunos de sus jugadores en las entradas, porque no iban al balón sino a la pierna. Y en el partido contra nosotros solamente pude corroborar algo que ya sabía.
Honestamente, en mi opinión hubo tres jugadores que no tenían que haber acabado el partido. Sus consecutivas acciones de juego violento, si el árbitro hubiera sabido estar a la altura de las circunstancias, les hubiera acarreado la tarjeta roja y, consecuentemente, haber dejado de jugar ese partido. Pero la realidad fue otra muy distinta.
Son jugadores que alardean de lo que hacen y esto, en un futuro no muy lejano, a buen seguro que les traerá complicaciones. Además, demuestran no saber valorar el verdadero alcance de producirle una lesión grave a un rival. Ni se imaginan las consecuencias que ello les puede acarrear. Es querer hacerle daño a otra persona intencionadamente. No hablamos de una acción fortuita sino de una acción intencionada, malintencionada para ser más exactos. En el caso de este partido fueron muchísimas acciones, no una o dos.
Del mismo modo decir que son jugadores que están constantemente en una actitud chulesca hacia todos los del equipo rival (jugadores, entrenador, aficionados…) dentro y fuera de la pista. Eso los cataloga por sí solos.
Siempre intento que los partidos que afrontan mis jugadores se desarrollen por unos cauces deportivos, donde prime el juego limpio; pero cuando has tenido que soportar patadas y más patadas que se dejan sin sancionar y que envalentonan al equipo que las hace uno se pregunta si está haciendo lo correcto o se está equivocando. Te hacen de dudar, porque siempre se ha dicho que hacer como te hacen no es pecar.
Como agua pasada no mueve molino lo dejaremos estar.
Esta es una de las cosas malas del fútbol sala. Cosa que hay que intentar no mejorar, sino erradicar por completo. Salu2.